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Crónicas del país
Un museo artesanal revive a Arenaza
Fabián Ferrari tiene 26 años y rescató la historia de este pueblo situado a 33 km de Lincoln; los socios

 
ARENAZA, Buenos Aires.- Rescatando fotos viejas de álbumes casi olvidados se fue metiendo en la historia y descubriendo el pasado. Supo que esas reproducciones en sepia que mostraban rostros con mejillas coloreadas eran las caras de un tiempo de gallegos, tanos, gringos, criollos y abuelos: todos pioneros de su pueblo.
Con el mismo entusiasmo con el que un chico junta figuritas, se le dio por la gente. Por los que no están y los que aún perduran. Por los que fueron, son y serán la historia de Arenaza, un pueblo de la pampa húmeda ubicado a 33 kilómetros de Lincoln, que, como casi todas las localidades semejantes, tiene una plaza, una iglesia, una escuela y una estación de ferrocarril que ya no se usa.
Y detrás de esas imágenes de hombres de bigote, saco y pañuelo y de mujeres con rodetes y vestidos de percal floreados vinieron los objetos que les pertenecieron y que son el recuerdo de un tiempo que hoy vuelve hecho museo. Porque Fabián Ferrari, un joven de 26 años, fue el chico de las fotos viejas, el que urdió el pasado y despertó la memoria de Arenaza con un museo poco común para un pueblo que no alcanza a tener 2000 habitantes.
Y allí, en una esquina de tierra, en donde funcionó la primera escuela a partir de 1917, sacó al edificio de ladrillos del abandono para instalar el Museo Histórico. "Yo juntaba fotos porque quería averiguar cosas del pueblo y en la escuela primaria N° 12 comenzaron a buscar objetos de familias y muebles que pertenecieron al viejo colegio. Después, a todos nos dio lástima devolverlos, y allí vino el museo", contó.
La exhibición comenzó primero en la estación de tren -hoy biblioteca-, pero, como quedó chica, el Consejo de la Comunidad facilitó el edificio escolar a la Asociación de Amigos del Museo, que, con doce integrantes en su comisión, hoy tiene 100 socios que pagan un peso por mes para mantenerlo en condiciones.
Entonces, los domingos, cuando se descansa y se festeja, se abren los postigos de la historia y la tradición de Arenaza. Ferrari deja su trabajo en la estancia Mitikile, de la familia Pereda, o su guardia en el cuartel como bombero voluntario y se convierte en guía.
Y allí, el enviado de La Nación recorrió la historia de Arenaza en antigüedades, en objetos que en el futuro lo serán y en fotos que muestran a los García, Vinela, Meledy, Borgna, Quarleri, Paullucci, Vergagni, Sesarego,Ferrer, Marcos, Aloy, Barragán, Schiavi y a otras familias que así nombradas parecen desconocidas, pero que significan más que nombres para este pueblo. Un lugar para el recuerdo
Irrumpe la nostalgia, vence la melancolía, porque en la primera vitrina se muestra la chica de los bizcochos Canale en la infaltable lata y, del mismo material, aparece el recipiente ovalado de aquellos caramelos Tofi junto al porrón de barro de ginebra Peters y el vidrio de Spur Cola Canada Dry.
Son imágenes de una época de todos los pueblos. Pero la cabina de madera de la Unión Telefónica que fue utilizada hasta hace sólo un mes guarda el secreto de las voces de Arenaza como el sillón peluquero de Pedro Pera tiene entramadas en la esterilla conversaciones de lluvias, soles, calores y heladas.
Un dispensador de gominas Lord Cheseline recuerda a la casa Chiessa, y sobre la camilla de rayos equis que fuera del hospital Pedro Lacau están los libros que consultaba su primer director, el querido doctor Lannes. Otros vidrios, pero de botica, tuvieron dentro de su ámbar el jarabe Tosantil o el ungüento Untisal.
Y entre los baúles de los primeros colonos, la guitarra vieja de Pablo Vinela y las butacas del cine del Club Social aparece el proyector que llenó de sueños los corazones románticos de aquellas muchachas que algún día llegaron a ceñirse el vestido blanco, como el utilizado por Adelaida Zanni y que hoy está en otra vitrina junto a los zapatos de novia de "la finada" Paula Motto.
La máquina etiquetadora del almacén de ramos generales El Coloso se ubica junto al suizo calentador portátil Campus N° 5 y herramientas camperas: los ganchos para levantar fardos y moldes para hacer ladrillos.
Alguien pone música y la voz de Carlitos sale impecable desde un fonógrafo alemán: "Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando...", como el disco de pasta de la RCA Víctor girando sobre esa conservada maravilla.
El primer misal de la capilla San José se abre sobre estolas y casullas; la cartera del cartero regresa con la ansiedad por la llegada de un sobre con más secretos y el primer ejemplar de El Tábano recuerda que Arenaza también tuvo un periódico.
Un poco más allá aparecen las máquinas del ingenio, como la licuadora a pedal, el aparato de hacer manteca, la desnatadora para la crema, la pulverizadora de langostas a querosene, la humificadora para terminar con las hormigas y la enfardadora.
Y en el jardín, cosas de aquel campo viejo y floreciente: la escardilladora, la sembradora y el arado de una sola reja que funcionaron sólo con tracción a sangre. Y, en el aire, el recuerdo de un pueblo que no olvida y vientos de nostalgia.
Para la despedida quedan el saludo y el ejemplo de Ferrari y la imagen de los hombres de esas fotografías que salen de los álbumes para empujar el presente hacia el futuro aunque vengan desde el pasado sepia y sus cachetes luzcan sonrosados.
 
Por Mariano Wullich
Enviado especial
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LA NACION | 02/07/2001 | Página 18 | Información General
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